martes, 5 de julio de 2016

Kiarostami



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Es verdad que Kiarostami, en los últimos años, se mostró como un viejo chocho, pedante y pijo (Shirín, de 2008, Copia certificada, de 2010...), además de un cobarde políticamente, incapaz de sacar la cara por la gente que estaba luchando contra la represión en Irán, incluidos algunos compañeros suyos de profesión. Pero también es verdad que Kiarostami hizo algunas de las películas más maravillosas que uno ha visto y, aunque su proceso de pijización no tenía vuelta de hoja y estaba claro que nunca más iba a hacer una película valiente, hoy da algo de pena saber que se ha muerto. 

Esta es la escena más emocionante que yo me he encontrado nunca en una sala de cine y ayer, al verla otra vez, se me volvieron a poner los pelos de punta. Es el final de Close-up, cuando el director de cine Mohsén Majmalbaf va a esperar a la puerta de los juzgados a Hoséin Sabzián, un pobre hombre real que se había hecho pasar por su ídolo Majmalbaf porque amaba el cine y el cine literalmente le había devorado. Sabzián llevaba tres semanas encarcelado por haber suplantado la identidad del hombre al que admiraba: diciendo que era Majmalbaf, se había metido en casa de una familia de gañanes ricos, que le habían agasajado e invitado a comer y dormir con la promesa de hacerles los protagonistas de su siguiente película. El día en que se dieron cuenta de la impostura, le denunciaron por abuso de confianza y Sabzián fue arrestado. Como explicó en el juicio, Sabzián sabía que le iban a detener, pero no hizo nada por evitarlo: se había creído su propia película. El día en que iba a ser puesto en libertad, a Kiarostami se le ocurrió hacer que el hombre al que admiraba Sabzián, su amigo Majmalbaf, estuviera esperándole con un ramo de flores y una motocicleta, y de ahí salir inmediatamente a grabar juntos la escena que Sabzián siempre había soñado dirigir y en la que Kiarostami o el propio Majmalbaf ni en sus mejores sueños se habrían imaginado poder participar, por más premios en Locarno o en el Festival de Hawaii que ya por aquel entonces hubieran recibido.

Cuando nadie sabía lo que era un docudrama, un falso documental, Kiarostami se topó a la puerta de los juzgados de Teherán con un agujero negro de la historia del cine. Supo esperar nervioso con su cámara centrifugadora y, aunque le falló el sonido, consiguió registrar el milagro. 

Ahora descansa en paz, artista. Que el silencio te sea leve.