viernes, 18 de abril de 2014

Tomavistas

 

Normalmente, cuando uno escucha o lee a alguien ponderando la fotografía de una película, suele ser por dos motivos: o porque la película es una mierda, o porque el que habla o escribe es un sujeto pretencioso. Esperemos que en este caso solo se dé un poco lo primero.

La película Sahanagar (1963), del director indio Satyajit Ray, tiene una fotografía maravillosa. No en vano, el responsable de la "cinematografía" era Subrata Mitra, otro brillante director indio que empezó su carrera a la sombra de Ray. Frente a la torpeza de los actores y la perversidad política del argumento, resulta asombroso que en una película como Sahanagar aparezcan fotografías tan originales, tan valientes y tan bonitas. Hasta tal punto que uno, antes de que haya pasado la media hora, ya ha dejado de interesarse por lo que cuenta la cinta, para quedarse embobado con el cursillo de fotografía en blanco y negro e iluminación de interiores que se encierra en cada toma.

Y digo iluminación de interiores porque curiosamente, aunque la película trata sobre la modernización de la ciudad de Calcuta, la belleza de la fotografía de Sahanagar no tiene nada que ver con la espectacularidad del paisaje urbano. En realidad, y contra lo que estaría deseando el espectador después de tener que soportar durante un rato los domésticos diálogos de los protagonistas, la película nos regala muy pocas imágenes de las increíbles calles de aquella ciudad a principios de los años sesenta. Todo lo contrario, la pericia del fotógrafo explosiona en un ambiente mucho menos propicio: en la casa humilde de Bhambal y Arati, en las anodinas oficinas del jefe Mukherjee, dentro de la clínica del oculista Pranab, bajo las escaleras de algún edificio residencial de nueva construcción...

En definitiva, lo que hace Subrata Mitra en Sahanangar se convierte en un verdadero deleite para la imaginación y para el sentido de la vista, y en una fuente de inspiración para cualquier aprendiz de fotografía analógica, aquella de cubetas, cronómetro y sombras de plastilina. Atendiendo un poco al contexto histórico y al argumento de la película, uno puede imaginar que el director Satyajit Ray había recibido un encargo de parte de alguna institución gubernativa de su país. El objetivo era transmitir al gran público nacional algunas ideas que interesaban a los poderes fácticos de la recién nacida "democracia independiente" de La India. Por ejemplo, que para el "desarrollo" económico de la nación ya no bastaba con la explotación laboral de una masa superestratificada de obreros, sino que también era necesario que un buen puñado de millones de mujeres humildes abandonaran la esclavitud de sus casas para entregarse con regocijo a la esclavitud de las fábricas y las oficinas; que hacía falta la armonía en el ámbito laboral entre las distintas nacionalidades (que no clases sociales) que componían esa joven India recién escindida de la metrópoli; o que los hombres debían abandonar ciertos prejuicios antediluvianos como el de pensar que era feo que sus esposas salieran de casa solas para buscar empleo o el de imaginar que, si pasaban tres cuartas partes del día trabajando para otros en el sector servicios, las mujeres descuidarían sus obligaciones para con los ancianos, los niños, sus maridos y las cazuelas de arroz.

Al lado de ese propósito político tan rastrero, a uno le gusta imaginarse al fotógrafo de la película haciendo un hermoso ejercicio de abstracción, casi de resistencia. Mientras los nefastos actores ensayaban el recitado de sus guiones, mientras el regidor apresuraba a los operarios para que organizasen cuanto antes los estultos escenarios, mientras el director contaba mentalmente los duros que iba a ganar por hacer la película que le mandaban, el fotógrafo, con su iluminador, se afanaba de un lado para otro buscando el encuadre más loco, la foto más memorable.

De puntillas sobre su máquina, aquel genio silencioso encontró la manera de convertir un aburridísimo largometraje de dos horas y diez minutos en un deslumbrante taumatropo. Para que el espectador del futuro, o sea nosotros, nos quedemos solo con un recuerdo: el recuerdo agradable de su maravillosa exhibición de fotos.