viernes, 4 de noviembre de 2011

Un cuento ático

Un día, el gobernante de un país no muy lejano dijo delante de todos los periodistas y escribanos que había decidido preguntar a su pueblo sobre una cosa que les afectaba a todos. Los gobernantes, los generales y los hombres sabios de los países vecinos, enterados de la noticia, se echaron las manos a la cabeza: decían que aquello era un desatino. Los mercados del mundo entero se vaciaron por unas horas. Los cañones se llenaron de plomo. Las bolsas se desplomaron.

Un día después, el aspirante a gobernante de aquel país no muy lejano llamó a los mismos periodistas y escribanos y dijo delante de todos que no pensaba consentir eso, que él mismo se iba a encargar de derrocar al entonces gobernante y que, mientras preparaba las cosas para irse a vivir al castillo (que era un palacio), se pondría allí otro gobernante, llamado "gobernante de transición", quien por supuesto no iba a preguntar a su pueblo sobre esa cosa que les afectaba a todos.

Algunos de los mejores amigos, los dos validos y hasta el ministro plenipotenciario de aquel gobernante que quiso consultarle una cosa a su pueblo, apoyaron inmediatamente a su enemigo, el aspirante a gobernante. Dijeron que les parecía una buena idea eso de poner un tiempo en el palacio (que era un castillo), a un nuevo gobernante, siempre que todo se hiciese sin preguntarles su opinión a los habitantes, porque lo contrario era irresponsable.

Los hombres sabios y los gobernantes de los países vecinos, que lo supieron, respiraron muy aliviados. Los mercaderes de todo el mundo regresaron a sus mercados. Las bolsas volvieron a poblarse, mientras las armas se iban descargando.

Entonces, al verse solo, el gobernante de aquel país no muy lejano, volvió a llamar a los mismos periodistas y a los escribanos. Les explicó que aquello que había dicho de que iba a preguntar a su pueblo sobre una cosa que les afectaba a todos, en realidad era broma. Dijo que lo había dicho para que el aspirante a gobernante mostrase su verdadera cara, se desenmascarase, y le apoyase en su idea de hacer definitivamente esa cosa sin preguntarle a nadie.

Al día siguiente, el aspirante a gobernante acudió a visitar al todavía gobernante en un coche oficial de muchos caballos. En el salón de embajadores del palacio, los dos se hicieron una foto muy entrañable estrechándose la mano entre sonrisas.

Abajo, el pueblo ático se iba congregando en torno al foso.