Volvemos al cine diez años después, revisitando a algunos de nuestros ídolos de aquellos años de filmotecas, obras sociales y salas alternativas en Valladolid, Nueva York y Madrid. Ahora de madrugada, enfrente de un triste televisor, con los auriculares puestos pero un oído pendiente de no haber despertado a nadie... Así como fue en el principio de todo, en la adolescencia, cuando veíamos a escondidas aquellas extrañas películas del canal Arte esperando encontrar alguna escena escabrosa o inimaginable de las que nunca saldrían en los otros canales de la televisión. Entonces el miedo era despertar a los más mayores, ahora es el miedo de que el pequeño se desvele por nuestra culpa.
Y de momento la experiencia está siendo ilusionante. Ni los directores ni nosotros parece que nos hayamos vuelto un fraude con los años. Empezamos con Mariano Llinás, el primer capítulo de La Flor. Por algo fue el primer nombre que se nos vino a la cabeza. Mariano Llinás sigue siendo un contador de historias extraordinario. Cínico y tierno. Lo adoramos.